
Hay comensales que a la caída estrepitosa de unos platos, dejan bruscamente de comer volviendo la cabeza hacia el lugar del estropicio, con un interés tan dramático y una fijeza tan apasionada como si en su propio hogar se hubiese venido abajo el aparador con toda la vajilla de lujo.
¿Qué es lo que puede justificar interés tan absurdo? ¿Qué clase de ligazón o ternura familiar tiene el mirón con la vajilla del establecimiento? ¿Qué sensación procura, tratando de localizar la sopera escachifollada o las copas hechas trizas? Esta actitud, a más de impiadosa, en razón de añadir azoramiento y culpabilidad al autor del desaguisado, es vulgar, como propio de la descortesía bajo-burguesa, puesto que lo que en el fondo denota, es condescendencia y solidaridad de tipo económico con lo destruido, y debe ser rígidamente evitada a no ser que el producto del momentáneo desequilibrio alcance nuestra ropa. Pero aún así, nuestra reacción ha de ser mesurada, sin grito ni aspaviento, partiendo de la consideración práctica de que el mal ya está hecho, que nada puede remediarlo y que una situación de agitada violencia no hará más que añadir al perjuicio, el ridículo.
Fragmento del libro “Las buenas maneras” de Blanco-Amor del que ya hablé en anteriores entradas (aquí y aquí) y la imagen es de mi amiga Inés a la que ya robé una foto. Esta entrada se la dedico a todas esas señoras jubiladas que habitan las cafeterías esperando pacientemente la muerte y que sólo observan lo que hacen o visten los demás, viviendo, exagerando y reprochando cada defecto o error de los camareros. Ay, ellas que se creen tan dignas y educadas…

Ay, el inexorable paso del tiempo…no da concesiones, cruel enemigo que deja siempre una amarga huella en nosotros no crees?