En su rincón del oeste de Londres, y en su ensimismada jornada diaria, a Clive le resultaba fácil pensar en la civilización como suma de todas las artes, a las que habría que añadir sin duda el diseño, la cocina, el buen vino, etcétera. Pero ahora se le presentaba tal cual era realmente: kilómetros y kilómetros cuadrados de precarias casas modernas cuyo principal objeto era sustentar las antenas de televisión, tanto convencionales como parabólicas; fábricas productoras de quincalla inútil que se anunciaba en televisión (y, en sombríos solares, filas de camiones listos para distribuirla); y, por todas partes, carreteras y carreteras y la tiranía del tráfico. Parecía la mañana siguiente a una de esas estentóreas fiestas que se prolongan hasta altas horas de la madrugada. Nadie había querido que fuera así, pero a nadie se le había preguntado. Nadie lo había planificado de ese modo, a todo el mundo le disgustaba, pero la mayoría de la gente tenía que vivir en ello. Al contemplar tal panorama un kilómetro tras otro, ¿quién habría podido adivinar que había existido alguna vez la gentileza o la imaginación, que habían existido seres como Purcell o Britten, como Shakespeare o Milton?
Tras una fase de trabajo intensa en proyecto y en un intento de recuperar mi dieta cultural, empiezo Amsterdam de Ian McEwan. La imagen que ilustra la entrada es de Paula G. Furió


Hay que vivir. Porque uno quiere. ¿Qué tal todo?
Preciosa foto…en catalán tenemos una frase que viene a decir: quien día pasa, año empuja!;)
Un abrazo,
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