El odioso prójimo

¿Y en razón de qué puede llegar a resultarnos odioso o molesto un prójimo con quien nada tenemos que ver? Simplemente porque lo tenemos que ver. El sujeto salta a nuestro interior e instala allí una serie de anomalías y desasosiegos, seánlo o no objetivamente, como si alguien se introdujese subrepticiamente en nuestra casa y se dedicase a desordenar nuestros enseres. Sin ninguna necesidad y sin ninguna utilidad nos impone su ser inadecuado, su descortesía hecha de pura presencia. A veces la agresión es de índole completamente formal y consiste en llevar una corbata norteamericana, en peinarse de un modo que no compete a su edad, en oler demasiado a perfume o, por el contrario, a sus naturales humores; en llevar ropas o alhajas que no coinciden con el origen social que le atribuimos, en acentuar provocativamente el resalte de un prognatismo o de una curva abdominal que podría mitigarse mucho con gestos estudiados y prudentes, etc.
A esta imagen, ya molesta en quietud, pueden agregarse pequeñas formas de la descortesía activa. Sin llegar a las superiores y muy conocidas del regüeldo exhalado, de la gran tos boquiabierta y desafiante o de la sonora regurgitación interna, tenemos, por ejemplo, las siguientes: estar leyendo, con satisfacción ostensible, un periódico de la oposición o que la ciudadanía ordenada considera pasquín o libelo; el balancearse en la silla haciendo crujir su maderamen; el rasparse el cráneo con una uña quitándose luego, con ayuda de otra, el producto obtenido; el exprimirse un grano, con gesto valentón y publicitario; el revolver con estruendo las revistas viejas o las de texto oficial, lanzándolas luego sobre la mesa una vez verificada su añeja fecha o la habitual estupidez y aburrimiento de sus decretales y estadísticas…
Contradictoriamente, este mismo sujeto nos cederá muy solícito el paso en una puerta y se quitará el sombrero, con una presteza un tanto militar y artificiosa, si entra una dama en el ascensor. Es decir, cumplirá al dedillo con el ceremonial voluntario de las formas corteses, creyéndose con ello persona cabalmente educada, como si no quedasen flotando en torno suyo, las involuntarias de la descortesía pasiva representadas por el indumento hiriente, por los olores o hedores, por los accidentes corpóreos mitigables, por las exhibidas opiniones políticas y hasta por la uña ensañada con la seborrea.
Existe, pues, al menos como materia teórica, una mala educación capaz de actuar antes de todo contacto y mediante nuestra simple presencia. Es lo que en este libro llamamos descortesía pasiva.

Extracto de Las Buenas Maneras, de E. Blanco-Amor.

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